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Valletanos por el Mundo: la experiencia de Lucas Martínez Funes en su aterrizaje en México

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por Estefanía Tello

Una nueva aventura, un nuevo viaje que el El Cuco quiere compartir con sus lectores: el itinerario de Lucas Martinez Funes, oriundo del departamento de San Carlos, quien hace un tiempito decidió aterrizar en México y llenarse de nuevas experiencias para compartir con los suyos y con su gente.

Lucas nos relata, nos cuenta de esos lugares por donde caminó, las experiencias que atesoró… otro valletano por el mundo, que describe otros lugares, y reflexiona sobre sus vivencias.

-Hay moles, carne asada, chilaquiles, tlayudas, tasajo de res, enchiladas, tenemos tacos, tortas, hamburguesas. Pasele, agua de jamaica, horchata, algún refresco-

Salen cuatro personas al mismo tiempo, de cuatro locales de comida diferentes, todos del mismo mercado. La disputa será quién se llevará al único cliente a la vista a su mesa, todos con el mismo menú, todos con las mismas mesas, las mismas sillas, las mismas tortillas, la misma invitación, todos con la misma mano de buenos cocineros y la misma necesidad de supervivencia.

Y ahí es cuando me pregunto, ya sentado en el tercero, intentando derribar una de mis hipótesis: ¿Favorece la ubicación del local? ¿Por qué tantos haciendo lo mismo, y sin clientes para todxs? ¿Será el día, será la hora?

Es domingo, vuelvo a la comodidad del hostel, después de haber comido bastante bien, apenas por cuarenta pesos. Me espera una tarde de panza frente al mar.

Sé que no me va a abandonar la idea de qué hace esa gente trabajando un domingo, y sin clientes. Tampoco voy a poder dejar de pensar en sus familias, en sus hijos, en el gobierno, en Peña Nieto. Y sé que no voy a resolver nada pensando tanto.

La ambigüedad misma que me genera andar viajando.

Otro tanto más me va a interrogar la idea de qué hacemos turistas, viajeros, gringos, siempre tan ajenos, expectantes, «observando el show», y regateando hasta el más mínimo centavo.

Un almuerzo por cuarenta pesos ¿Qué es lo que vamos a regatear?

(Puerto Escondido, Oaxaca, últimos días de octubre)

Este es un breve texto del cuaderno donde anoto cada cosa que siento durante el viaje, cada idea nueva, cada proyecto que surja, cada persona que conozca, anoto colores, sensaciones, números telefónicos, correos electrónicos, lugares, poesías y otros tantos más.

En ese momento estaba en la costa de Oaxaca, en Puerto Escondido, en el Océano Pacífico de México. Cada vez que llegó a un lugar nuevo lo primero que hago es ir al mercado, ahí es donde me encuentro con la gente del lugar, dónde se desenvuelve la vida cotidiana de las personas, ahí es posible conversar con los lugareños, preguntarles sobre la educación, la cultura, la situación política del país, el trabajo. Contarle sobre nuestro país, y algunos parecidos. Además de colaborar desde el lugar de turistas en lo mínimo de la subsistencia de las familias. Puerto Escondido es un pequeño pueblo que se comenzó a desarrollar turísticamente no hace más de 25 o 30 años, hoy es uno de los primeros lugares mundialmente elegidos por los fanáticos del surf.

Creo que un viaje no comienza el  día de subirse a un avión y volar hacia el o los destinos elegidos, empieza mucho antes, desde una pequeñita idea de viajar, de la graciosa frase exploratoria de “voy a conocer el mundo”, de un libro que leíste sobre el zapatismo y la necesidad de saber más sobre eso, de las historias de otros viajeros, de los manuales de la escuela, de las películas, de las noticias. Además, previo al viaje hay que alistar varias cosas, terminar de juntar el dinero, definir los lugares, armar la mochila, la cámara de fotos, los pasaportes, cerrar cosas en la facultad, en el trabajo, preparar el cuerpo y el alma. Pero, puedo decir que el día de sacar los pasajes es uno de los días clave en el viaje, es el momento en el que la decisión de viajar está efectivamente tomada.

Viajar por México ha sido y está siendo una experiencia muy feliz, pero el recorrido en realidad comenzó a mitad de septiembre en Panamá, aprovechando la escala del avión, que de unas escasas horas se convirtió en una semana. Ese comienzo ya demostró que este viaje iba a ser fortalecedor, de crecimiento, de descubrimiento. Un gran apoyo en ese momento fue contar con una amiga sancarlina viviendo en la ciudad de Panamá, que ofició de guía y de programadora turística.

El plan inicial del viaje, que como tal podía cambiar y modificarse de acuerdo a los avatares del destino, era una especie de círculo por el centro-sur de México: comenzando en el DF (hoy Ciudad de México), y bajando hacia el sur por los Estados de Puebla, Oaxaca y Chiapas, para terminar el recorrido en Quintana Roo (Playa del Carmen y Cancún). La cuestión, fue que luego de constatar lamentablemente que los sismos en esas ciudades habían causado destrozos, que incluso hoy, y seguramente por un tiempo más estarán en recuperación y reconstrucción, el plan inicial no fue más que un plan inicial.

Entonces, el nuevo mapa nos invitaba a ir desde el DF hacia la ciudad de Acapulco (en el Estado de Guerrero, en la Costa Pacífica de México), luego a San Luís Potosí, un poco más al noroeste, para bajar hacia Yucatán y luego terminar el viaje en Quintana Roo. Y así fue, en un mes logramos recorrer y disfrutar de todos esos lugares, digo logramos porque hasta ese momento éramos tres los y las viajeras, pero por cuestiones facultativas y de trabajo mis compañeras regresaron a Mendoza a mediados de octubre.

Luego vino el viaje sólo, una experiencia de encuentro con uno mismo, de aprender a compartir-se para no convertirse en un huraño de las cavernas, de estar más responsable de las propias decisiones. Una experiencia enormemente enriquecedora, sin dudas. Lo más hermoso, y a la vez nostálgico de este momento fue retomar el plan inicial (ya los Estados afectados por los sismos invitaban a turistas y viajeros a conocer y a colaborar desde el turismo). Hermoso por poder conocer esos lugares que tanto nos atraían, la ciudad de Puebla y algunos de sus pueblitos mágicos, Oaxaca y su vida cultural, Chiapas y su historia rebelde y zapatista. Nostálgico por la ausencia de mis compañeras, que fueron en parte ideólogas de ese circuito.

Resumiendo, en cada Estado estuve una semana o unos días más, siempre hospedándome en algún lugar relativamente fijo (casi siempre en ciudades) y conociendo por el día o por una noche otros pueblos y atractivos cercanos. En Puebla tuve la posibilidad de conocer la ciudad, de disfrutar muchas noches de actividades culturales y cine mexicano y de visitar Atlixco y Cholula, dos pueblos mágicos de ese Estado. Luego en Oaxaca camine por las ruinas de Monte Albán, por la ciudad de Mitla, por un pueblo serrano llamado Ixtlán de Juárez, por Puerto Escondido, Mazunte y Pochutla. Ahora en Chiapas, he logrado conocer la capital, que es Tuxtla de Gutiérrez, el hermoso pueblo de San Cristóbal de las Casas, el Cañón del Sumidero, Chiapa de Corzo, el caracol zapatista de Oventik, Chamula, el caserío de Roberto Barrios y sus cascadas y Palenque y sus ruinas.

Con respecto a la solvencia del viaje, hasta el momento ha sido gestionado con el dinero ahorrado en San Carlos con trabajos y changas y aportes familiares. Siempre viajando en los hostales más baratos, en los transportes menos lujosos, comiendo en los mercados públicos y evitando contratar tours. Al momento de quedarme sin dinero estará la opción de seguir el viaje trabajando por aquí, o volver a Mendoza,  para trabajar y juntar dinero y volver nuevamente a viajar.

Para cerrar este pequeño relato, ya que podría escribir un libro narrando el viaje, les comparto algunas experiencias de estos meses:

  • En Bocas del Toro, Panamá, procurando conocer la Isla de los Pájaros, famosa por albergar cientos de aves migratorias, emprendimos viaje hacia Bocas del Drago, lugar donde se encuentra la isla. Ya en el lugar, después de una carretera tremendamente hermosa, nos acercamos a una lancha a preguntar cuánto nos cobraría por ir hasta la isla, y nos dijo que el precio era de 35 dólares por persona, en un recorrido de no más de una hora. Nuestra cara quedó larga, no teníamos ese dinero disponible para ese recorrido. Caminando medio que sin rumbo, pensando en tirarnos en la playa hasta el atardecer, nos cruzamos con una mujer sentada debajo de una sombrilla, nos preguntó que queríamos hacer, o qué buscábamos, ya no recuerdo. Le dijimos que queríamos ir a la Isla de los Pájaros, que habíamos ido hasta ahí para conocer ese lugar, pero que no teníamos plata para pagar la lancha. En ese momento nos dijo que pensaban ir con su familia en su lancha, que viniéramos con ellos. Claramente dijimos que sí. Esperamos unos minutos, mientras sus hijos jugaban en la playa y su marido preparaba la lancha, pudimos charlar sobre la situación de las mujeres en los gobiernos de Brasil, Chile y Argentina, ella estaba muy consternada por Cristina y Dilma.

Entonces, nos fuimos a conocer la Isla de Los Pájaros con una familia panameña de ingenieros náuticos, que además de saber muchísimo de navegación, conocían sobre las aves de la Isla, sobre plantas, sobre la situación política de Latinoamérica.

  • Esta es una experiencia de las que siento que son las más fieles de lo que sucede en los viajes. En la ciudad de Puebla, recién iniciado mi viaje en solitario, llegué a un hostal y conocí a una mujer de sesenta años, de Francia. Ella estaba viajando sola también, había viajado por la India, por toda Europa, por Argentina (su hija vive en Buenos Aires), por Canadá, Brasil, Guatemala, Nicaragua, Cuba, entre otros que seguro me olvido. Esos días estaba haciendo un curso de orfebrería en la ciudad de Cholula. La cuestión es que compartimos unos mates, algunas que otras charlas, y ya, cada quien siguió para su próxima parada. La sorpresa fue que nuestro próximo destino era el mismo, nos encontramos en el mismo hostal, pero ahora en la ciudad de Oaxaca, sólo nos reímos de la casualidad (o no sé qué), y ya. Desde ahí, luego de cuatro días, mi viaje giró hacia la costa oeste, quería tomar unas clases de surf en esas playas tan famosas. La sorpresa  (y ya no tanto para el lector que se anticipa a lo que sucederá) fue que al hostal donde me alojé en Puerto Escondido, llego Lawrence (“la francesa”) ese mismo día. Ahí organizamos varias actividades compartidas, compartimos nuestros contactos, nos ofrecimos nuestras casas para viajar por Francia yo, y por Argentina y Mendoza ella.

Luego, nos despedimos porque yo me iba a Mazunte (lugar que ella había visitado por el día y no le parecía muy atractivo por la gran compra de terrenos por parte de estadounidenses y europeos), ella se quedaría en Puerto Escondido.

Pasé dos noches en Mazunte, comprendí que su atractivo era el silencio y la tranquilidad, y que realmente estaba en manos de extranjeros. Mi próximo destino era San Cristóbal de Las Casas, en Chiapas. No voy a decir que nos encontramos en la puerta, pero casi casi por metros, yo adentro y ella llegando, nos encontramos con Lawrence en San Cristóbal. En ese momento fue como encontrarme con mi madre después de años.

A pesar de charlar sobre los destinos y los lugares a los que iríamos en los días que seguían, nunca coincidíamos, porque en realidad ninguno sabía bien para dónde seguiría.

Acá estoy, mientras escucho el sonido de la selva en Palenque, al sur de Chiapas, y escribo esta experiencia, viene llegando Lawrence al mismo lugar, al mismo hostal, no sé si es casualidad o es el destino y la vida que quieren que compartamos el viaje. Prefiero creer lo último, me parece más atractivo, además de aprender de Lawrence que se puede viajar solo, que se puede viajar teniendo unos años de vida encima y que ante todo hay que andar alegre.

P/D: sin mi cámara de fotos y un cuaderno y una lapicera, este viaje claramente habría sido diferente, andar caminando y conociendo gente con la cámara y unos papeles, es realmente lo que más me hace feliz. Cuando llega la nochecita, siempre me tomo un tiempo para jugar editando fotos y para transcribir y repensar todo lo que escribí en ese día.

Si me preguntan sobre cómo son los mexicanos y las mexicanas serían algo así como procurar definir cómo son los y las argentinas, si no imposible, sería muy extenso y habría una cantidad de diversidades que poco hablaría de una identidad común y acabada. En esta experiencia, y en las relaciones que he logrado establecer con la gente me han demostrado un amor y unas ganas de colaborar en tu viaje increíbles, un espíritu de guías turísticos que me ha facilitado muchas situaciones.