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Cumpita Ovejero: el sancarlino que mejor guarda las tradiciones argentinas

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Sostiene que “nuestras raíces” son “fundantes de la libertad”, por lo que desde chico se dedica a preservar y difundir las tradiciones.

Como si se tratase de una fiesta patria o una celebración familiar, en la casa de los Ovejero el Día de la Tradición se festeja con “tremendos asados, locros o empanadas, según diga el tiempo”. Sucede que esta familia de La Consulta, San Carlos, milita en lo cotidiano por preservar nuestras costumbres, simplemente porque las considera “fundantes de la libertad”. 

“Son nuestras raíces, lo que somos realmente, nuestros vínculos con el campo, nuestro ser familiero”, suelta el ‘Cumpita Ovejero’ y no evita emocionarse. En su pueblo nadie lo conoce por Arturo. Sin embargo, si alguien busca un sulky o pregunta por alguien ataviado de gaucho o quiere sumarse a una cabalgata… todas las referencias conducen a él.

El ‘Cumpa’ recibe con una sonrisa de barba blanca, miles de historias que cosechó en sus andanzas por la montaña y un mate siempre humeante. Como buen “campesino” es hospitalario, pero puede montar en cólera frente a un tema folclórico “de proyección”, un gaucho cuyano con boina o la simple mención de ‘tortas fritas’ en lugar de ‘sopaipillas’ o ‘mate te’, en vez de ‘yerbeado’.

Este auténtico arraigo a las tradiciones argentinas es lo que aporta mística a sus mentados paseos en sulky. El Cumpa lleva en este viejo carro -adaptado por él para 12 personas- desde niños que cumplen años y sus amiguitos hasta turistas extranjeros, que quieren recorrer sitios, viñedos y bodegas sancarlinas.

Abrazó este oficio de anfitrión por casualidad. Desde niño y siguiendo una costumbre familiar, acostumbró a tener y cuidar sus propios caballos. Con ellos, siempre participó de cabalgatas, recogidas de ganado, hizo viajes con amigos y se internó semanas enteras en la montaña del Valle de Uco.

Aún le quedan algunos, que hace pastar en un terreno prestado cerca de la ciudad y a quienes “va a ver cómo están dos y hasta tres veces por día”, acota su mujer,María Cristina Quiroga.
Hace más de 20 años un fuerte cuadro de artrosis en la cadera le impidió seguir montando a caballo.

“No me iba a quedar afuera de la diversión”, se ríe. Fue entonces cuando se le ocurrió comprarle un sulky viejo a una mujer y lo reacondicionó en su taller de chapería y pintura, que es de lo que vive.

Poco tiempo después, surgió la propuesta de turismo rural Caminos de Altamira y el Cumpita se sumó al grupo de emprendedores con este atractivo transporte. En su sulky (ya ha tenido varios), los turistas paseaban por las calles del paraje sancarlino, se detenían en alguna bodega artesanal, en una finca a compartir un desayuno casero o los llevaba a la viña para que conocieran las labores del agro.

El emprendimiento caducó, pero el Cumpita Ovejero sigue haciendo viajes de turistas, ahora para la finca Piedras Blancas. “Me he hecho de muchos amigos. La gente que viene suele tener grandes fortunas en su lugar de origen, pero no tienen el afecto familiar como acá”, dice este sancarlino que ha llevado en su sulky desde funcionarios importantes hasta familias de conocidas empresas de autos a nivel mundial.

Bien auténtico

“Hay un idioma que manejamos todos y es el de la autenticidad. Yo comparto lo que he mamado, mi familia siempre fue gente de campo”, dice el Cumpita, quien a los 18 cumplió su sueño de viajar por sus medios a Buenos Aires y duró allá hasta que conoció a su actual esposa. “La ciudad no era para mí”, dice.

Su padre, don Serafín, era tropero. “Acompañaba las tropas de carros que iban a las ciudades a comprar alimentos. Nosotros éramos humildes, pero nunca nos faltó el pan. Mi mamá, Rufina, nos enseñó a valorar lo que somos”, acota emocionado.

“Si usted discute con un Ovejero, es como golpear a un camoatí”, advierte el gaucho sobre lo abultada que es su familia de 13 hermanos. Algunos de ellos llevan adelante el Centro Tradicionalista 16 de Setiembre en San Carlos (por el día en que San Martín se reunió en pacto con los indios de la zona).

De joven, el Cumpa hasta era contratado para rastrear y “bajar caballos lobos” de la montaña. Por eso se conoce cada rincón sancarlino y ha sido también de los que iban a buscar claveles del aire a La Salada.

“ Nuestro campo ya está todo lleno de alambrados y vendido a los de afuera. Para mí la bandera argentina y nuestra tierra, ahí está la clave de la libertad”, dice tajante este gaucho, quizás el que mejor guarda las tradiciones en el Valle de Uco.

Fuente: Los Andes (Gisela Manoni)