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El país llora la partida de una gran escritora mendocina: Liliana Bodoc

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Una hermosa mujer, íntegra y comprometida, pasó por nuestras vidas y nos dejó su talento, su sonrisa y su compromiso. Dicen que se mueren los buenos y algo de eso debe haber, porque ella murió

«Sigo pensando que este mundo así no cierra. Que hay muchísimas posibilidades de que sea mejor, mucho más justo, mucho más humano. Y jamás dejo eso de lado a la hora de escribir. Tengo siempre la esperanza -utópica dirán muchos, y a mí me importa poco- de transformarlo», Liliana Bodoc.

A veces no sabés cómo enfrentar las cosas, pero el dolor, el encuentro en el dolor, facilita todo. Que un amigo de décadas, por ejemplo, te abrace y llore a pata ancha en tu hombro, diciéndote «se fue la Lili, la puta que lo parió, se nos fue la Lili», refiriéndose a su amada hermana, bueno, eso facilita el enfrentamiento con las cosas. Las facilita, porque, entonces, no hay nada que valga esa pena decir, apenas soltar una lágrima por ella y otra, por él.

Rato después de oírlo, y de compartir anécdotas sobre la protagonista, le soltarás, con la intención de que no suene a promesa o más bien sin intención, «por ahí escribo algo…» y él te responderá, ciertamente, para complicar las cosas, «escribí una de tus canciones de amor, una Canción de amor a Liliana Bodoc».

Entonces, ya no habrá retorno: será necesario llegar de noche a casa, servirse una copa de vino y sentarse a hacerlo como en un telar -a ella le gustaban los telares-, teje que te teje una manta de palabras fastuosas e ineficaces.

Supe de ella gracias Hugo, su hermano, ese hombre que me dejó lágrimas en la remera. Amante de los libros y de grandes autores, allá por los ’90, Hugo me dijo: «Che, vos sabés que mi hermana la Lili está escribiendo unas cosas muy lindas, me gustaría que la leyeras».

Ahora, veinte años después, de pronto, mientras dormía, silenciosa y definitiva, la Lili murió, con apenas 59 años y tanto por hacer, y nos escucha hablar -supongamos que nos escucha- un par de metros más allá, mientras finge que no está viva y mientras vuelvo a lamentar no haber aceptado su invitación de ir a visitarla a esas cabañas que tiene en San Luis.

«Me llamó mi hermana, la Silvia, yo estaba en un camino de cornisa llegando a Bariloche para pasar las vacaciones. Me dijo que parara. Me contó y me quedé mudo. Con cuidado, di la media vuelta y me vine y al rato empecé a llorar y no paré de llorar, hermano. Todos estábamos tan preocupados por nuestro hermano mayor, que está muy enfermito, en Santa Fe. Y Se nos murió la Lili…».

Estamos en la Secretaría de Cultura. No han abierto aún las puertas al público; afuera hace mucho calor y la gente -azorada- hace rondas para repartir el asombro y la tristeza. La Lili está en un cajón abierto, cubierta con una tela blanca con volados, con su cabello, ahora corto, y con claritos. Es la primera vez que la veo tan seria; ella siempre se reía y tenía una sonrisa franca y hermosa. Hugo se va a abrazar a alguien y no soporto quedarme solo junto a ella, sin nada que decirnos. Me retiro a un costado, abrazo a Silvia, su hermana, le convido agua y me dice que no puede ser, que no se ha muerto, que es imposible. «No sabés cuántos proyectos tenía y lo bien que estaba de salud; esto no puede ser. Era una mujer tan sana y trabajadora y buena persona».

Más allá, llora Romina, la hija de Liliana, con un desconsuelo universal, con una pena circular, que así es la geometría de la angustia en los pechos de los desconsolados. No tendré fuerzas para acercarme a ella.

Jorge, el marido de Lili, después del abrazo, me abre su corazón. «¿Qué voy a hacer? Decime qué hago sin ella. Yo soy nadie sin ella. Yo no sé hacer nada sin ella: puedo hace un poquito así de cosas, nada más. Sé que tengo que seguir por mis hijos y mis nietos, pero, ¿sabés?, yo ya estaba preparado para mi muerte y jamás, jamás, pensé que ella se me iba a morir antes. No estoy preparado». Le digo algo tan estúpido como «por suerte, nos dejó sus libros» y me convenzo de que, mejor, no decir nada y prestarme a su desahogo.

La noche anterior, Jorge se acostó con ella: a las cinco de la mañana la miró respirar (a veces, ella roncaba, pero él no se lo decía, pues era otra forma de amarla, darle ese silencio en los amaneceres); a las siete y media, se levantó sigiloso y, luego de bañarse en silencio, para no despertarla, vio que no despertaba y, luego, que ya no despertaría. Así es como se marcha a veces la gente noble, como la Luna en días nublados, dejando un rastro de luz; así es la vida de brusca, a veces; así de discreta es la muerte: «Ella tenía la poesía y yo no tengo poesía, solamente estoy devastado. No sé qué más decir. Tengo que seguir adelante, por los hijos y los nietos».

Liliana Bodoc fue una gran escritora, está claro en sus libros, pero fue más allá: usó las palabras para tender puentes con la gente y esos puentes resistieron y resistirán porque sus palabras, al construir verdaderas cosmogonías, se volvieron historias que no gambetearon el compromiso social ni la ideología.

Ella, con sus palabras y con su tiempo -tanto en sus escritos fantásticos, como en los más realistas- siempre dejó traslucir un ideal de justicia social, un anhelo de reparación ante tanto descalabro y construyó oraciones que inspiraron un mundo ciertamente más justo y solidario y menos cabrón e inequitativo, como el que tenemos.

Ahora mismo, por ejemplo, es emocionante recorrer Facebook y ver cuánta gente la quería y la admiraba: todos y cada uno tienen algún recuerdo compartido con la Lili, con su vida o con sus libros o alguna foto con ella en la que, por supuesto, sonríe. Ha quedado, sin duda, en la gente y no se puede pedir más.

Yo elegiré dos recuerdos, para compartir con ustedes, y para recordarla siempre.

Elegiré aquella vez que la llevé a la cárcel de mujeres de El Borbollón, a hablar con las internas de su literatura y de su vida. Allí parada, frente a decenas de mujeres quebradas por angustias diferentes, ella se conectó de mujer a mujer y el clima fue conmovedor. Por supuesto, leyó algunos de sus cuentos, pero también habló de las constantes injusticias del sistema y de la cárcel como depósito de gente pobre.

El otro recuerdo es de cuando me concedió el honor de presentar su tremenda novela «Memorias impuras» en el Le Parc, de Mendoza. Se me ocurrió -y le pareció bien- que fuera con música, entonces, invité a mi Griselda López Zalba y a Ramiro Albino, quienes hicieron música del barroco y, además, a un músico que ella anhelaba conocer personalmente y viceversa: el compadre Jorge Marziali, nada menos.

Fue un lujo afectivo e intelectual y un placer y fue hermoso, además, verlos abrazarse aquella noche y compartir la presentación. Después, nos fuimos todos a lo de mis amigos, la familia Faggian, a guitarrear y comer empanadas y tomar vino. Tal vez, la Lili leyó algo, qué sé yo, tal vez, no, y el Jorge, esto lo recuerdo mejor, nos regaló una canción a quienes se le pidieran y yo, otra vez, por supuesto, le dije que cantara «El ciego del subterráneo».

Todo sucede muy rápido cuando has envejecido y los recuerdos son apenas pedazos de vida que le robamos a la tremenda ausencia que nos constituye.

Es de noche y me voy del velorio, camino a casa, triste, malherido, mientras la gente por la calle urde sus propias tramas y sus propias negaciones de la ausencia y sus propias construcciones de presencias. Me cruzo con el Iñaqui Rojas en una esquina; él va también a despedirse también de su amiga la Lili. No nos decimos mucho, pero nos damos un abrazo fuerte y largo, para contradecir tan tremendo manotazo del absurdo. Le digo, al despedirnos, que vi un video suyo en Youtube y me reí de buena gana; me agradece, y volvemos a abrazarnos.

Llego finalmente a casa con la firma intención de escribir mi canción de amor a la Lili, pero no puedo. Me abraza mi mujer y mi pequeña hija Galilea se me tira encima, como si supiera, y me besa. Le cuento que hoy estuve con Galileo, con Galileo Bodoc, el hijo de Liliana, y que lo abracé y que él lloraba, junto a su novia, y que hablamos de Liliana y hablamos de tu nombre y de su nombre, de Galilea y de Galileo y de que tienen que conocerse.

Mi hija no me escuchó especialmente y nos fuimos quedamos quietos, así, así de quietos, en el sillón, bajo la noche inmensa, así, así, latido contra latido, hasta que se durmió en mi pecho y Griselda la llevó a su cama y me quedé pensando que ni la más maravillosa de las presencias en tu pecho, puede tapar los agujeros de las ausencias en tu pecho.

Uno intenta detener el instante del latido de Galilea como un eco de mi latido o, mejor, viceversa, pero ya el instante se ha consumido en su propia voracidad; uno vive y muere, trabaja y se alimenta, para instantes como ese; uno tiene la obligación de estar dispuesto a esperar esos instantes; uno desconoce la fatídica cifra; uno no sabe cuándo nos visitará la Parca, por eso, como Liliana, hay que amar y sembrar, escribir y cantar, tejer y destejer si es necesario, y sonreír y comprometerse y estar livianos y dispuestos para emprender el viaje.

Es hora de empezar a dejarte ir, Lili; gracias por los libros y por tu talento y tu integridad. En ellos, se aprende que vivir es aprender a morir; que escribir es como morir, pero en cámara lenta y que morir es como dormirse en un hotel, después de beber una cerveza con el amado; dormir y soñar sin despedirse, y ya no despertar.

Ulises Naranjo 

Fuente: MDZ